5 feb. 2010

La importancia de una brisa

Esta es una de las historias más importantes de mi vida. Es importante por el peso de la lección que tuve la suerte de poder tomar desde un puesto más cercano que el de la primera fila de alumnos de una clase. Tuve la suerte de poder participar como protagonista. Esta es la historia de Nelson y de todo lo que viví en la Isla Barú, en las proximidades de la costa de Cartagena, Colombia.


(el refugio las primeras semanas)

Llegué al refugio de Nelson por una de esas situaciones a las que uno se entrega con confianza ciega como si fuesen impuestas por una imperiosa orden del destino. Fue porque una hippy chilena la tarde antes me lo recomendó por “ser buena persona”. Si, si, y si amigos, el destino se sirve de cualquier medio para comunicarnos los mensajes importantes, hasta de Chilenos. A mí también me sorprende tanto como a ustedes. No podría decir a ciencia cierta si escuchando esa voz del destino decidí llegar a la isla con menos dinero que lo que vale un almuerzo decente o si fue por el contrario, ignorándola. Pero lo cierto es que después de una hermosa aventura en la que pude arribar a la isla mediante aventones (de todo tipo, de bus, de moto, del ferry, de un camión de carga de un hotel y de un barquito de unos pescadores) me pareció lo más justo (y necesario) notificar desde el primer minuto de diálogo a Don Nelson la situación para que este buen hombre, sintiera clemencia y compasión por este aparente mendigo extranjero. Yo lo viví como un pequeño experimento. ¿Qué puede pasar si uno sale de su casa indefinidamente y sin dinero? Ésa era la pregunta hipotética. Tal vez sería bueno reconocer que parte de mi quería desafiar las palabras de la Chilena, ya que si hablaban lo cierto me beneficiaría y si mentían, las desenmascararía. Don Nelson suspiró cuando le dije la cantidad de dinero que portaba, y como un abuelo que a regañadientes hace lo que su mujer de hace 40 años le pide, me recibió en su humilde refugio. En aquel momento el refugio contaba únicamente con una agrupación de maderitas en un rectángulo que formaban la cocina, y una pequeña choza donde se resguardaban del sol dos carpas de dos personas entradas en años. En un pequeño letrero amarillento del tamaño de una hoja A4 podía leerse en una cursiva sencilla el nombre con el que comenzó a trabajar el refugio, “Don Tubo”. No había nadie hospedándose aquella noche. Era la primer semana de Noviembre. Coloqué la cinta de equilibrio entre dos árboles con vista al mar y me embarqué con seriedad al desarrollo de mi investigación. Es decir, me puse a hacer todo menos preocuparme por ya no tener dinero. Durante una semana, sin excepción y en un promedio de tres veces por día, Don Nelson se encargó de servirme un plato, sin preguntarme nada, sin reclamos, sin suspiros de desdicha, ni ademanes que pudieran alejarme del sentir como convidado, absolutamente sin peros. Durante esa semana, por supuesto se hizo potente el deseo de retribuir de alguna manera tanta generosidad sin fiscalía. Comencé por invitar a los turistas que veía rondando por la playa. Si cruzaba cinco por día era porque ese día se había desbordado el flujo de turistas a la isla. Las playas desoladas eran la afluencia propia de esa época del año. De pronto, aparecen los primeros comensales, un grupo de viajeros que había invitado yo! Me di el gusto de atenderlos como si el refugio fuese mío. Nelson emocionado hasta les ofreció un descuento. Allí el experimento arrojó una primera tesis. Si salís sin dinero, generas dinero. De a poco en aquellos días pude ir conociendo a Don Nelson. Su aspecto físico es mejor que lo vean en las fotos, tomadas indefectiblemente de día. Pero su personalidad, mis amigos, es lo que vale la pena retratar y contarles verdaderamente. Cuando las conversaciones con él se extienden en diálogos de más de cinco palabras es porque probablemente ese día se encuentre en estado de verborragia. Cuando se levanta a las cinco de la madrugada para comenzar a barrer y trabajar en el refugio es porque ese día está muy cansado o flojo, por no decir que trabaja como lo “negro” que es. Siempre teniendo en cuenta que es el último en acostarse luego de escuchar durante dos torturantes horas los alaridos de Johny Copete previniéndonos de Satanás y las fornicaciones. “Un pastor bendecido con mucha fuerza de Dios” según lo describe su radioyente incondicional de Barú. Las frases más comunes de este hombre sencillo creería que son todas las de la familia “si Dios quiere” o “con el favor de Dios, vamos para adelante”. Más que frases (que nos encantan pero que no nos animamos a vivir) yo diría que son los motores que lo impulsan a Don Nelson porque desde que lo conozco puedo afirmar con total seguridad que jamás lo he visto renegar de su trabajo, ni del exceso estresante ni de la escasez angustiante. Jamás. Y sí, en cambio, lo he visto sonreír innumerables veces. Cada vez más con el correr del tiempo y en la medida que el trabajo incrementaba. Tiene esa sonrisa compradora, la de viejito sabio y simpático. La de una persona de bien.

En esa semana mágica, pasaba mis noches mirando el mar, agradeciendo por tan maravilloso vuelco del destino. En las sillas hechas a mano por Don Nelson (al sentarte en ellas obligatoriamente tú mirada queda dirigida al vasto cielo de estrellas) me alejaba de los jejenes que azotan la isla cuando los vientos del verano todavía no han comenzado. El calor que hace de noche te mantiene húmedo. Pero en la orilla del mar corre una agradable brisa. Una brisa suave, relajante, te aleja los insectos y con la precisión de un termostato lleva tu cuerpo a la temperatura exacta, ideal. No podría decirse que se trata de viento. Es un soplido, una caricia. Una brisa cumpliendo un papel fundamental, un papel de reparto que de no ser por la sed del público, pasaría inadvertido. Una brisa de la que no conocemos origen, alcances ni todas sus consecuencias. Una brisa de la que no alcanzaríamos en varias vidas a medir a sus efectos. Nunca sabremos a cuántos salvaría de una fatídica noche ni a cuantos insectos alejaría de servirse de un banquete de carnecita dulce y blanquita. Una brisa, así de importante.

En esas noches convinimos con Nelson la posibilidad de desarrollar un negocio conjunto, yo traería los turistas en lancha desde Cartagena para llevarlos a su refugio. Era una situación de gana-gana. Durante los dos siguientes meses operó de esa forma Playa Blanca Express llevando y trayendo gente adonde Nelson. No era un éxito rotundo la empresa ni sus dividendos. Pero al menos el refugio con mucho esfuerzo comenzaba a crecer. En la primer semana que regresé la hija mayor de Nelson, Ingrid, se había convertido en su primer empleada, ayudándole en la cocina. Lo curioso es que ambos quedaban ocupados en atender la cocina durante todo el día, y sin embargo de un día al otro cuando me iba y regresaba con un nuevo grupo, veía progresos. Porque, por si fuera poco con el día, Nelson trabajaba a veces por las noches. Primero lo pintaron y lo pusieron bonito, lo decoraron, después construyeron más cabañas donde colgar las hamacas, hasta que hoy al cabo de tres meses finalmente pudo construir el baño. Una pinturita quedó, con cañería y todo. Sin haber perdido su rustiqueza hoy es uno de los refugios más lindos de la isla. Vale aclarar que pudimos trabajar como playa Blanca Express y llevar lanchas a duras penas hasta principios de Diciembre. Después llegó la temporada alta y la ambición ajena de grandes billetes nos dejó inhabilitados de trabajar. ¿Entonces porqué creció tanto el refugio en los meses en que ya no le llevábamos gente? La respuesta es simple: por facebook. O si lo prefieren, “por marketing de persona a persona”, como respondería un recientemente egresado de Economía Empresarial para impresionar a los analistas en el focus group de una entrevista para un puesto en Unilever. Entusiasmado con lo que estaba viviendo en aquellos meses me encargué de divulgar a cuanta persona conociera sobre este dichoso personaje y su refugio. Durante la temporada alta, cuando los Argentinos vacacionan, llegaban uno atrás del otro, los grupos de chicos y chicas. Era el efecto de la bola de nieve rodando por la montaña, agrandándose exponencialmente semana tras semana. Indirectamente todos llegaban por lo mismo, ese susurro al oído del destino, o en el caso de los hombres, por el simple hecho de ser imantados a quedarse, al ver un grupo de caramelos de San Isidro almorzando en el restaurante.

¿Pero saben, mis queridos amigos, a qué atribuyo yo tanto crecimiento?

A la importancia de una brisa. Esa de la que estaba muy al corriente Don Nelson, de que soplaba cada mañana a su favor cuando todavía a obscuras era el primero en levantarse a barrer las hojas de la playa y preparar los cocos para enfriar para ese día. Más que ninguno puede contarles Don Nelson que no toda brisa es “a favor”, cuando una vez que había construido su cocina se la tumbaron otros nativos que reclamaban el espacio. Quién no sabe dónde va, ningún viento le favorece. No era este el caso de Nelson que para que no pudieran volver a echarlo trabajó de corrido dos días y una noche en la construcción, y así al salir el sol del día siguiente ya directamente estuviese funcionando el local con clientes. Esa brisa que desconocía yo totalmente al salir de Buenos Aires, y que tampoco veía mucha gente que no entendía el porqué de mi partida. La que creía poder ver de dónde venía y entender hasta dónde llegaría cuando subía las fotos a la red de redes. Esa que de de encender el aire acondicionado todos ignoraríamos. Esa brisa que trabaja lenta, milenaria e imperceptiblemente pero que es la responsable a la larga de haber formado las paradisíacas playas que habitamos. Esa es la brisa que me anima a seguir en esta aventura. Es la que me trajo hasta acá. Es la que no ven los que piensan que se trata de grandes vientos tormentosos con sus resultados inmediatos. Esa brisa que nunca antes había percibido al mirar el recibo del sueldo. Así de importante, es la brisa.

Tana

10 comentarios:

  1. Un grande nelson, parecido a mi jefa...

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  2. Anónimo5/2/10

    No me digas que tu jefa es Negra!!! Presentamela Godinez!

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  3. Anónimo5/2/10

    Tu conexión con las letras, me pone la piel de gallina. Gran relato, grandes personas, grandes amigos!
    Benny

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  4. Anónimo5/2/10

    Como diría la Negra Sosa "Gracias a la vida que me ha dado tanto...". Me encantan tus relatos un beso grande. Charlotte

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  5. Anónimo5/2/10

    hermoso relato.... brindo porque la brisa los siga guiando! (Bel, amiga de Benja)

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  6. Escribana Platomurfi5/2/10

    H.H, un poroto...

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  7. Anónimo2/2/12

    me hizo acordar al muchacho de el alquimista cuando llega a la tienda de cristales. muy lindo tu relato
    lau

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  8. Lau muchas gracias por la comparación es un elogio que siento me queda enorme, me alegra haberte recordado tan bello relato.

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